2 últimos sábados:20 y 27 de marzo a las 4:45pm la chica del chicle globo y el chico que soñaba nubes de leche

Marzo 17th, 2010

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Los invito a ver este lindo proyecto que he tenido la suerte de convocar y dirigir. Partió de un cuento que escribí acá en lamula y cuenta con un eqiupo de artistas extraordinarios. Me acompañan pablo Saldarriaga con quién he comparitdo la creación de este montaje y Pelo Madueño y Magali Luque que con su sensibilidad y talento han sabido captar y traducir en sonidos la idea y sensaciones de la historia y lugar. El espacio natural ha sido vestido por Tristán Pera.

Cuento, danza, teatro, música e instalación plástica se unen en este montaje. Los espero!!!

La chica del chicle globo y el chico que soñaba nubes de leche

Marzo 9th, 2010

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Este espectáculo es parte del proyecto Danza en los parques que estoy desarrollando. Se ha iniciado con este espectáculo y busca la difusión de la danza contemporánea y las artes en los espacios públicos.

Todos los sábados a las 4:45pm en el Parque María Reiche, Ingreso Libre!!!!

Todos los sábados de marzo a las 4:45pm en el Parque María Reiche ” La chica del chicle globo y el chico que soñaba nubes de leche” con karine Aguirre y Pablo Saldarriaga. Música de Pelo Madueño Y Magali Luque.

Marzo 4th, 2010

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Febrero 27th, 2010
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Este es un pequeño video y entrevista que nos hizo la casa que baila sobre nuestro espectáculo. Los esperamos hoy a las 4:45pm en el parque María reiche!!!

El equipo de “la chica del chicle globo y el chico que soñaba nubes de leche”

Febrero 19th, 2010

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El equipo que nos acompañó en todo este proceso creativo:

Pablo Saldarriaga, Billy Ross, Petra, Pachi Valle-Riestra, Karine Aguirre, Enver, Magali Luque, Pelo Madueño Y Tristán Pera.

Los esperamos todos los sábados de febrero y marzo en el parque María Reiche a las 4:45pm.

Un espcetáculo para toda la familia!

Este sábado 20 en el parque María Reiche

Febrero 14th, 2010

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Este sábado 20 a las 4:45pm la cita es en el parque María  Reiche para reir y soñar juntos con “La chica del chicle globo y el chico que soñaba nubes de leche.” Los esperamos!

DANZA EN LOS PARQUES

Febrero 8th, 2010

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Magali Luque con su cello.

 

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EL chico que soñaba nubes de lechefuncion41

 

EL cuento la chica del chicle globo y el chico que comía yogurt escrito en lamula hace varios meses se convirtió en “la chica del chicle globo y el chico que soñaba nubes de leche”, un espectáculo de danza-teatro con música en vivo e intervención plástica del espacio natural en el parque maría Reiche de Miraflores.

Con el apoyo de la municipalidad de Miraflores y las empresas Prosegur y RCP, el sábado 6 a las 4:45pm se estrenó esta obra mágica y poética que gira en torno al tema del amor.

En las interpretacines están Pablo Saldarriaga y Karine Aguirre, la música ha sido compuesta especialmente para este montaje por Pelo Madueño y Magali Luque , la dirección de arte es de Tristán Pera, el vestuario de Alessa de la Fuente, la dirección general está a cargo de Karine Aguirre, la asistencia de dirección en manos de Pachi Valle-Riestra y la p roducción general es de Petra Producciones.

Con este equipo de talentosos artistas tengo la gran satisfacción de decirles que el resultado es un espectáculo entrañable, lleno de alegría, frescura y belleza.

Los esperamos a todos, todos los sábados de febrero y marzo a las 4:45pm.

Ya les iré contando más cosas y colgando más fotitos. Esto es sólo un adelanto.

La niña esquimo

Noviembre 19th, 2009

nina-esquimo3La niña esquimo

 

La niña esquimo se cobijaba en la heladera, al lado de las 3 tortolitas que su mamá le había robado al gato.

La heladera era cuadrada, enorme, se abría levantando su techo y había irrumpido en la casa una tarde, sin aviso. “Allí se van a guardar las carnes y los hielos” había dicho su papá orgulloso al traerla a la casa. No era para menos ya que se trataba de la heladera más moderna que había salido al mercado por esos años.

Esta sumada a los 9 teléfonos y  a los 6 televisores que tenían, le daban a la casa de Surco un aire de esplendor y de vida que cubrían cualquier pared despintada o sábana gastada.

L a niña la había mirado impresionada desde la primera vez y a diario, cuando nadie la veía, levantaba su pesada tapa y hundía su cabeza bien adentro para sentir el frío. Disfrutaba experimentando su nariz y orejas humedecerse y congelarse, abría la boca y se deleitaba percibiendo cómo los ojos se le iban secando y la piel se le iba enfriando hasta adormecerle el cerebro. “Increíble” se decía y permanecía allí  por un lapso de tiempo, hasta que la empleada de la casa la sacudía diciéndole  “ sal de allí, te vas  a congelar!”.

Así fue que descubrió  las tortolitas. Cuando vio la primera no pudo evitar preguntar y su mamá le contestó: “Yo no la maté, fue Ignacio, pero voy a hacer un rico guiso como el que hacía mi abuela”.

La segunda vez encontró a su madre debajo de la cama peleándose con el gato hasta que por fin logró arrebatarle su presa. La siguió sigilosamente y observó cómo con ayuda del cuchillo filudo del abuelo carnicero, le quitó las plumas con esmero y fervor hasta dejarla totalmente desvestida y porosa. La vio  echarle una última mirada de triunfo y luego colocarla al lado de la primera, en línea.

La tercera vez  su madre  se había pasado  toda la tarde en el patio con su mandil floreado, limpiando el arroz grano por grano, separando los buenos de los malos. Aparentaba estar en un lugar estratégico ordenando no sólo el arroz sino también el mundo. De pronto pareció escuchar el sonido que había estado esperando, dio una zancada enorme y llegó hasta el jardín.  El arroz salió volando por los aires mientras que ella lograba sustraerle a Ignacio su tercer botín.

 

El papá sufría de cólicos renales por eso cada cierto tiempo se quedaba en cama, adolorido. El médico le había dicho: “Cuando sientas los hincones, échate y respira”.

El aprovechaba para ver televisión, le gustaban  las películas de Cantinflas y el fútbol. La escuchaba a todo volumen porque pensaba que así no sentiría el dolor.

Cuando las crisis se agudizaban, los hermanos de la niña se apresuraban y prendían todos los televisores a la vez, se escuchaban series policiales, periodistas hiperventiladas narrando noticias de muertes en las carreteras, emisiones cómicas en dónde se reían de cosas que en verdad no eran graciosas, programas en los que se sorteaban lavadoras, planchas, máquinas de coser, congeladoras.

Pero nada lograba calmar la desazón. La agitación del papá continuaba por la fiebre que le subía mucho y lo hacía delirar y gritar. Entonces todo el mundo también gritaba y comenzaba a correr por todos lados en busca de un escondite secreto en dónde nadie los encontrara.

En su  extravío, el padre comenzaba rasgando  las sábanas pero cuando los hincones aumentaban, se envolvía en ellas y atravesaba el corredor golpeando las paredes y las puertas.

A veces se envolvía de tal manera entre las sábanas que no veía nada y entonces en vez de golpear las paredes terminaba  apaleando ventanas, floreros, cuadros, lámparas, muebles, macetas o cualquier cosa que se atravesara en su camino.

Cuando esto sucedía, la niña escapaba y se metía al interior de la congeladora, al costado de la tercera tortolita y quieta esperaba con los brazos encogidos y pegados a su pecho poroso.

Una vez terminada la crisis,  el padre volvía a su cama; la madre trapeaba exhaustivamente la casa y los hermanos emprendían unos recorridos inciertos al interior del inmueble. Visitaban la cocina cada cinco minutos, rotaban sus posiciones para hablar por teléfono, subían y bajaban las escaleras mortificando un poco a su madre que se veía obligada a pasar el trapo una y otra vez detrás de los pasos de cada uno de ellos.

La niña en cambio se olvidaba de salir. Su piel se iba volviendo  rosa lila  como la de las aves, el frío invadía todo su cuerpo, la iba congelando poco a poco y por fin ella encontraba la paz.

Le encantaba cuando el corazón se le iba haciendo adoquín: se sentía primero fresca, radiante y luego felizmente sedada. El punto máximo de gloria era cuando dejaba de sentirlo, sólo apenas unas palpitaciones lejanas. La dicha absoluta. Hasta que finalmente alguien abría la congeladora y la encontraba.

Cuando salía era genial porque con su cerebro y su corazón anestesiados se paseaba por la casa y  por el mundo rosadita y risueña, dulce y receptiva, tranquila y amable.

Con el tiempo dejó de hablar. De tanto abrir la boca dentro de la congeladora se le petrificaron  las cuerdas vocales. También dejó de soñar, su cerebro estaba muy adormecido para fabricar cualquier tipo de ilusión.  Así es que se dedicó a sonreír, miraba y sonreía, se volteaba y sonreía, obedecía y sonreía.

 

Generalmente  el efecto analgésico decaía por la noche. Se despertaba y se quedaba inmóvil encima de su cama, los ojos comenzaban a pestañearle sin cesar, veía fantasmas caminar por la casa, se le cerraba el pecho y  lloraba.

Entonces su madre se acercaba con los ruleros eléctricos en la cabeza y le explicaba con el diccionario Larrousse en  la mano que los fantasmas no existían y que no había porque tener miedo de nada. Luego con ternura le apagaba la luz y le pedía que se durmiera.

La niña esquimo no se atrevía a atravesar el pasadizo ni a  bajar las escaleras para resguardarse al lado de las tortolitas. Pensaba en Dios, se arrodillaba y rezaba. Le rogaba que por favor llegara el día en que la dejara para siempre vivir en la congeladora.

La niña de la joroba

Octubre 12th, 2009

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La niña de la joroba

 

La niña de la joroba se sentaba frente a la ventana con su gran espalda encorvada a mirar el mar. Con su café en la mano y su piyama de felpa naranja, gota a gota se iba llenando de esperanzas.

Desde su silla de yute las horas pasaban fáciles y generosas: se levantaba a las 7am y sin darse cuenta ya eran las 10am y aún no se había puesto de pie. Sus grandes pulmones abrigaban su pequeño corazón  mozalbete que soñaba. Recordaba pasajes de su historia feliz, cantaba algunas canciones, imaginaba lugares por descubrir o simplemente sentía nada. Se replegaba en sus grandes pulmones rugosos que extrañamente crecían día a día y disfrutaba de su adormecimiento sereno. Se sentía muy cómoda sintiendo nada.

Nada, nada no era exactamente: algo le sucedía porque como a eso de las 10:15am los pulmones empezaban a destilar un olor inexplicable, como a cloro y terminaban siempre haciéndola botar una especie de vapor por sus poros que empañaba toda la ventana hasta dejarla encubierta y sin poder distinguir el mar.

Inmediatamente se paraba, con sus dedos se cercioraba de que el océano seguía allí,  estiraba su amplia columna y se metía a la ducha de agua hirviendo que acababa siempre por encoger un poco sus pulmones,  entonces ella sonreía.

Se ponía su vestido favorito, uno de flores rosadas y con mucho vuelo salía por las calles espigada y triunfante a conquistar el mundo. Sus ojos húmedos brillaban y toda entera se movía: una orquesta compuesta por panderetas, sonajas y maracas acompañaban su paso provocando un revoloteo intermitente y atrevido en sus caderas, rodillas y muñecas. Con sus largas y acompasadas vertebras cervicales se mantenía alerta y absorbía con urgencia las imágenes y colores que desfilaban por delante de ella. Todo, absolutamente todo le parecía cautivador o desafiante.

La vitrina del bar color vino con el hombre mayor y guapo de los bigotes blancos, la chica simpática de los pelos crespos  y su perrito lampiño, la pareja de enamorados a los que se les había enredado la lengua hacía tres días, la coreografía de los guardias municipales con scooters.

Avanzaba deleitándose con su pecho redoblante, girando aquí y allá, intentando apretar el mundo entero entre sus blandos y tibios brazos. El busto se le hinchaba tanto que de cuando en cuando se veía obligada a sentarse en alguna vereda, abrir grande la boca y sacar la lengua todo lo posible hasta que el pecho se le destemplara y la sensación de ahogo le pasara.

Enseguida se paraba, como si sus antenas hubiesen sintonizado algún lugar mágico, su cogollo inflamado repicaba y volvía a desplazarse buscando la emocionante imagen que recordaría al día siguiente.


Así transcurrían sus horas radiantes hasta que de pronto su corazón comenzaba a desafinar y se veía obligada a detenerse.  Respiraba tratando de devolverlo a su esplendor, pero poco a poco se iba acallando y una afonía general se instalaba en su cuerpo, sus ojos y su mente. Algún recuerdo extraviado parecía adueñarse de ella: algo muy arcaico seguramente  porque cuando luego de 3 o 4 minutos despertaba, constataba cómo los pulmones se le habían vuelto a anchar, aplastando su fresco corazón.

Detestaba con toda su alma ese momento premonitorio del fin del día y de manera automática re-iniciaba su paso a toda velocidad.

Estiraba con dificultad sus largas vértebras cervicales para tratar de estimular sus antenas y movía con esfuerzo sus caderas y rodillas para escuchar la comparsa alrededor de ella pero lo único que conseguía era que se le desatara la alergia de las 4 de la tarde y  entonces todo su cuerpo empezaba a destilar unas gotas  blancas,  pequeñitas y coaguladas que le producían un incómodo hormigueo.

Ella continuaba trasladándose tercamente pero la comezón de los ojos le impedía mirar el entorno y sin darse cuenta repetía una y otra vez la misma ruta hasta el momento en que finalmente rendida y con el vestido todo pegado a los huesos, se sentaba debajo de un puente a esperar a que todo pasara.

Cerraba los ojos y dejaba que su cabeza se descolgara sobre uno de sus hombros entumecidos y caídos. A ratos resoplaba y se sacudía para acelerar el proceso de secado de toda esta lluvia escamosa por su cuerpo.

Al fin desparecía cualquier resto de imagen de su cabeza,  todo se volvía blanco al interior de ella y entonces podía volverse a poner de pie. Aún espigada pero algo rasgada y deslucida,  emprendía a paso lento y recogido el regreso a su casa.

Con mucho pesar llegaba a abrir la puerta, sacarse los zapatos y alcanzar su piyama de felpa naranja. Abría su cama y se echaba de perfil para que al levantarse la joroba estuviera holgada, suave en lo posible y salir de la cama no se le hiciera tan difícil.

diario de un pollito

Septiembre 20th, 2009

pollitos1Diario de un pollito

Las dos estaban con llave. Abrí primero la puerta blanca y después la reja que había detrás.  Temblaba sobre mis dos patitas, recién había salido de la ducha y tenía los pelos todavía mojados.

El señor estaba parado y apoyaba su codo sinuoso en el umbral de la entrada. Llevaba puestas unas botas y una bonita capa que flotaba por encima de sus hombros.

Entreabrió los labios, se tocó los bigotes y dejó salir muchas palabras seguidas: “los un planos buscado de ti hola luna, tengo fiebre, he tu casa en todos años de la ciudad”… o algo así, en realidad no lo recuerdo bien.

Mis pelos rubios se me pegaron más al cuello y a los hombros y a la espalda: yo tenía un cabello muy largo que me cubría casi todo el cuerpo. Creo que se me veía un poco llenita, redondita diría, sobre todo el pecho, las caderas y el trasero.

Cerré el pico, no por nada, sólo de nervios y mis ojos se redondearon más, hasta que al fin atiné a decir: “pasa” y sonreí mientras castañeaba con los dientes.

Entró y miró mi casita, que creo que le pareció bonita, eso sí recuerdo que dijo: “qué lindo lugar”.

Yo le agradecí y le invité un pisco para poder calentarme: era julio y había comenzado a enfriar.

Aceptó felizmente y  traje dos vasitos y una botella y nos sentamos en el suelo alrededor de la mesa. Luego todo fue un poco más fácil: él me preguntaba cosas y yo feliz contando acerca de mí, de mi casa, de mi carrera, de mi vida. Mientras hablaba dejaba de temblar y eso me hacía sentir más tranquila, pero bastaba que me quedara callada 3 ó 4 segundos e inmediatamente volvía la agitación al interior mío.

El sonreía de medio lado y respiraba tranquilo y silencioso mientras sus pupilas centelleaban como si respondieran a las mil ideas que pasaban por su cerebro en ese momento.

Me imagino que el señor debió hablar también esa noche pero no he registrado nada. Sólo recuerdo que me impactó cuando dijo: “intuímos dos palabras está preguntas mar, nunca contigo, amor de cucharitas, edredón niñas, frío, estar tendrías la he lo?”

Estoy segura que fue exactamente en ese momento cuando decidí seguir viéndolo y así nuestros encuentros comenzaron a tener cierta continuidad.

El era simpático, osado, diferente y gracioso: siempre me hacía reír y eso era bueno porque así todo mi revoloteo salía bajo la forma de una carcajada. Yo me sentía como un pollito recién salido de la ducha y feliz.

Ducha, dichosa, feliz preciosa perezosa…… empecé a sentirme creativa, se me ocurrían más chistes, reía, lo besaba y temblaba.

Entre tanto espasmo, me sentía tan vibrante que no me importaba nada más que el señor finalmente llegara y tocara el timbre de mi casa.

 

A veces desaparecía por varios días, no sabía nada de él: si estaba de viaje nuevamente o andaba muy ocupado con tanto trabajo. Durante ese tiempo me quedaba totalmente quieta, casi no me movía de la cama y sentía mucha hambre y frío; prefería no bañarme porque el pelo se me caía y me veía flaca y fea.

 

El señor era un gran aventurero, atravesaba todas las ciudades con su capa y sus botas. Le gustaba sobre-todo transitar de noche y sobrevolar con firmeza por encima de los techos, luminoso, fugaz. Decían de él que no recordaba lo que era el miedo, que amaba la hora del crepúsculo y que a veces cuando no había mucha claridad, igualmente se lanzaba de cuerpo entero por los cielos rasos. Tantos años de experiencia lo habían curtido y lo habían transformado en un experto.

 

Cuando regresaba y con sus ojos bailarines me preguntaba cómo estaba,  yo no atinaba a decirle nada. A veces lo intentaba pero en ese instante todo se  estremecía dentro de mí y terminaba congelada, petrificada, sin poder pronunciar palabra.

Entonces él me tomaba de la muñeca o envolvía mi mentón con sus manos y yo poco a poco me iba calentando, él me abrazaba y me contenía entre sus fuertes brazos. Yo me endulzaba. Luego iba apoyando su mano sobre mi cuerpo redondito y suavecito, me acariciaba mi largo pelo y entonces toda ansiedad se disipaba. Con los cuerpos juntitos entrabamos en nuestro ritual: cada  espacio mío acogía perfectamente cualquier lugar de su piel.  Él se dejaba cobijar y ronroneaba. Yo ya tranquila y feliz y temblando casi nada, lo acariciaba durante toda la noche para que él no dejara de canturrear.

Un día se marchó y no volvió más. Dijo algunas cosas antes de irse pero por más que me esfuerzo no las puedo evocar.

A veces pienso que no debí contarle mi secreto: “yo soy un pollito asustado”; pero otras, más bien creo que se fue porque estaba empezando a recordar el suyo.

Cuando se cobijaba entre mis plumas y yo lo acariciaba hasta el amanecer, él despertaba distinto: tibio y blandito y su rostro apacible más parecía el de un niño. Entre la almohada y las sábanas siempre quedaba el trazo de su cuerpo, casi coloreado, como si un poquitito de su piel se hubiese desprendido con tanta caricia.

Yo lo veía contento pero creo que se sentía raro, sobre-todo al momento de salir de la cama y ponerse su capa cuando súbitamente algo en él  temblaba.

Me imagino que por eso dejó de venir, dónde se ha visto un valeroso aventurero estremecido por las calles. Habría sido una locura echar así toda una carrera por la borda.