Despegues

octubre 18th, 2011

Como no podía viajar se lavaba el pelo todos los días.
Así podía sumergirse debajo de la secadora ultramoderna con difusor que le habían regalado.
Giraba la cabeza, la tiraba ligeramente hacia atrás y luego apretaba los ojos para recibir el flujo de aire que sin piedad chocaba contra ella; y despegaba.

Dulcemente ensordecida se perdía entre sus cabellos que revoloteaban y viraban uno a uno, llevándola a lugares lejanos y secretos dónde ya no había ni derecha ni izquierda, ni arriba ni abajo, ni delante ni detrás.

Espadachín

marzo 28th, 2011

Borré

tu rostro

de los papeles

de mi escritorio

de las sábanas

friccioné y friccioné

para desaparecer

tus palabras

faltas

Lijé

mis paredes de tu sombra

con una espada

perseguí

tu nombre

por los aires

y rincones hasta sitiarlo

entre mis ojos

dónde

cautelosa

y en guardia

espero

un solo movimiento

y desaparecerás

para siempre.

mujer ancla

diciembre 3rd, 2010

 un hombre sin ataduras

 se enamoró

de una mujer ancla

no paró

hasta conquistarla

a susurros

le fue royendo

los huesos

la forjó

ligera

a su imagen y semejanza

la ansiaba

tan  libre e independiente

 que no se dio cuenta

cuando se esfumó.

Corazón volteado

noviembre 6th, 2010

 

Sin piedad, la miró a los ojos y le arrancó el corazón.

Después de estrujarlo entre sus enormes manos, lo besó y con un gesto heroico lo lanzó desde lejos.

Festejó al embocarlo en el pecho.

Se equivocó al visar.

El corazón cayó boca abajo, trastocando sus sentimientos para siempre.

Nunca más pudo dejar de amarlo.

El señor de las aguas

octubre 19th, 2010

El señor de las aguas

I

Guardó todas sus lágrimas en una botellita que traía consigo.

Alcanzó el botiquín blanco y metió todo allí.

II

La convencieron un olor familiar, como de jazmín lanzado al viento y su sonrisa de niño. Debió ser un momento de descuido porque sin pensarlo ya estaba nuevamente parada en la línea de partida.

Cuando sonó el silbato inicial, le asombró sentir sus pies tan ligeros, su paso tan fluido. Mucho más le sorprendieron los cambios que el comité organizador había hecho en la pista. Era fascinante desplazarse entre centenares de flores doradas, lilas y blancas agitadas por el aire. Peligroso también. Los pétalos recién rociados emanaban una increíble luz y había que estar atenta para no dejarse deslumbrar y caer.

Caminaba instalando un ritmo regular e intenso, controlando su impulso por correr; tal como lo establecían las reglas.

III

A ratos cuando sentía que la ruta se volvía ardua, se preguntaba qué hacía allí nuevamente dejándose regar el rostro y la lengua con una esponja.

Era extraño también que el señor de las aguas que debía aparecer sólo cada cierto tiempo, ahora pudiese circular libremente por el trayecto. También que entre los amuletos que llevaba colgados en su cuerpo se encontrara un silbato.

Ella no entendía porque él se empecinaba tanto en estar cerca de ella, atento al menor de sus movimientos para ofrecerle unas gotas más de agua. Recién había comenzado el camino y la mujer se sentía segura, sin ningún tipo de apremio, totalmente recuperada de su última lesión.

Tal vez la conocía de antes. Tal vez se habían cruzado en alguna carrera anterior.

Cuando lo miró por primera vez, se sintió descubierta. Los ojos se le empañaron y resplandeció de repente. No supo si era por el reflejo de sus enormes manos bronceadas o simplemente por su corazón sosegado.

IV

A medida que avanzaba en la caminata, la mujer respiraba con mayor dificultad. Era un trayecto de gran exigencia pero ella seguía concentrada en la enorme, larga, sinuosa y eterna línea blanca trazada delante de sus ojos.

El señor de las aguas a su lado la llenaba de rocíos y jazmines.

V

Respiraba el jazmín y se hundía sobre un enorme colchón de flores blancas que recibían su cuerpo, lo dibujaban y acariciaban lentamente y sin descanso. Embriagada por su perfume, giraba y giraba encima de él hasta que esas mismas flores comenzaban a brotar desde el interior de sus manos, sus pies y sus labios.   Como si despertara de algún profundo sueño, como si todo dentro de ella fueran vientos, burbujas y cascadas.

VI

Lo malo eran los cambios inesperados del comité organizador. Sin previo aviso el camino podía volverse árido, sin señal de  hacia dónde voltear o hacia dónde seguir.

Se sentía perdida, confundida , en mitad del camino desértico y tan alejada de la sonrisa.

Entonces hacía uso de toda su voluntad para continuar mirando adelante, bien adelante, allí dónde podía vislumbrar que llegaría nuevamente el oasis de tules blancos y jazmines.

VII

Avanzado el trayecto notó que el señor de las aguas ya no emergía entre las flores con tanta ansia como en un inicio.

Ella se entristecía por tantas contrariedades en la ruta, sin embargo el bálsamo intermitente que él escurría entre sus labios le devolvía la osadía y le permitía afianzar el paso sobre el suelo escurridizo.

VIII

Con las caderas adormecidas por tanto esfuerzo, se le hacía difícil permanecer con un pie en la tierra tal como lo exigía el reglamento. Todos sabemos la diferencia sutil que puede haber entre caminar intensamente y correr.

Los terrenos agrestes y en declive por dónde la ruta también se abría no facilitaban el cumplimiento de esta regla.

Si se dejaba llevar sería eliminada inmediatamente.

El señor de las aguas -que curiosamente también fungía de árbitro- ya la había amonestado dos veces. Una tercera infracción y el sonido del silbato la expulsaría del camino.

Apretó la marcha.

IX

El paso de adelante con la pierna recta la tenía agotada. Esta norma tan estricta siempre le había parecido insulsa y le quitaba fluidez.  Por el contrario pensaba que había otras partes del reglamento que eran fluctuantes e imprecisas en este camino precipitoso hacia la nada.

No debía correr, no debía correr, no debía correr, no debía correr, no debía correr, no debía correr, no debía correr, no debía correr, no debía correr, no debía correr, no debía correr, no debía correr. Por Dios, no debía correr.

X

La mujer tuvo una insaciable sed, estaba agotada y necesitaba un aliento amigable y tenaz. Fue la primera vez durante toda la carrera en que  se volteó a buscar al señor de las aguas con la lengua afuera y los ojos suplicantes  y llorosos.

Él la miró fijamente durante varios segundos. Se le veía confundido, como si no reconociera su imagen.  Titubeó entre darle uno de sus amuletos o hacer sonar su silbato  y súbitamente desapareció.

Ella inhaló profundamente para que la esencia de las flores que aún quedaban en su camino la siguieran adormeciendo y así no dejarse vencer por el dolor muscular, la debilidad en las caderas,  el arrepentimiento o la desazón.

XI

La mujer tropezó  y cayó. Las cámaras captaron cómo los ojos se le desviaron, el cerebro se desconectó y el cuerpo se desplomó con tal descontrol que parecía haber caído de 3 o 4 pisos de alto.

XII

Con los párpados cerrados repasó todo lo que vendría.

Primero el peso abrumador del yeso sobre sus huesos secos, que no la dejaría moverse durante varias semanas.  La falta de apetito, los cortes en la piel, el desánimo.

Cuando las llagas cerca de su boca cicatrizaran podría volver a sonreír. Cuando los espasmos de dolor cedieran, dejaría de llorar.

Ya le habían explicado que sus lágrimas tenían una sustancia calmante que  permitía soltar poco a poco sus músculos y órganos. Sólo así su corazón se liberaría y  su rostro dejaría de estar pálido e inerte.

Era cuestión de aguantar un par de meses y finalmente podría ponerse de pie.  Volvería a andar por los parques, a mirar las flores y los árboles crecer.

El problema eran los rezagos: tantos golpes habían minado sus defensas. Con los lacrimales afectados, en cualquier momento se le secarían los ojos para siempre.

XIII

Entreabrió los párpados y vio al personal médico acercarse a ella.

Llorando, guardó todas sus lágrimas en una botellita que traía consigo. Alcanzó el botiquín blanco y metió todo allí.

De falda turquesa

octubre 8th, 2010

 

La miraba de lejos y no la distinguía.

 La veía fresca enjuagando sus pies en la orilla con su falda turquesa remangada. Era flaquita y ligera, la falda revoloteaba con el viento. No se le veía preocupada. No escondía nada, tampoco traía nada con ella.

Recibía la ola en sus pies. Presionaba la arena con fuerza y saltaba, giraba mirando el cielo y luego corría persiguiendo el agua que se volvía hacia atrás. Con los dedos de los pies alargados en punta pateaba con ímpetu el charco y gozaba viéndolo dispararse en diferentes direcciones, hacia dónde ella a su vez se lanzaba para recibir las gotas en sus largos brazos.

Luego se dejaba caer en la arena seca, se acurrucaba y permitía que el sol le calentara los huesos. Toda su piel lisa respiraba.

No sabía de dónde venía, tampoco a dónde iba.

Sólo se dejaba estar, en la arena, en el mar.

Por más que la examinaba con detenimiento no la reconocía. Le era familiar, claro, pero no sabía si era su hermana, su hija, una prima o una amiga.

Desde que había perdido la memoria se pasaba horas tratando de identificar a los seres de su entorno. Ya había logrado recordar a dos de sus hermanos, no con el mismo afecto de antes, claro, eso el Dr. ya se lo había explicado: era imposible.

Ligera, la chica parecía tener los  huesos bordados por un tejido fino, suave y elástico. Su  columna era dócil, y su mirada despierta, nostálgica y traviesa. Le resultaba atractiva, tal vez por eso toda la última semana se la había pasado observándola.

Parecía un cascabel cuando de pronto, sin previo aviso, se paraba, se quitaba la falda turquesa y corría hacia el mar. Entonces caminaba entre las olas, se zambullía, corría y se zambullía nuevamente y así pasaba un buen rato adivinando el nombre de cada ola que llegaba: locura y probaba una nueva forma de propulsión que la arrojaba por los aires; belleza y reía reverberando con  sus ondas, sonrisas y  aparecía arrastrándose desde debajo del agua con el rostro lleno de espuma; amada y con los ojos cerrados caía desvergonzada.

La ola la envolvía, la hacía rodar por la orilla, luego parecía retirarse como para darle un poco de aliento; pero inmediatamente volvía y de un solo lamido la ceñía nuevamente, la prensaba contra la arena y en espiral era despedida entre los vientos para caer finalmente sentada en el filo de la cresta.  Junto a ella estallaban centenares de piedritas turquesas de todos los tamaños,  estrellas, lunas y  planetas de otras galaxias. Como gotas punzantes, en su descenso algunas golpeteaban su cabeza. Ella las recibía apretando los dientes mientras volvía a mirar con malicia toda esta lluvia celestial, hasta que la piñata marina finalmente se apagaba.

No se le veía asustada, sólo despierta y atenta con los músculos turgentes y brillantes;  más delgada y liviana que nunca.

Acercó la foto a sus ojos pero seguía sin distinguir nada de nada. Entonces se puso los anteojos, despegó la imagen del álbum y leyó que atrás decía: maría, 1990. Se quedó un momento quieta, tratando de entender mientras sus pupilas vidriosas se movían en todas las direcciones como si hubiese perdido el timón de ellas.

 

Entonces sucedió. Cerró los ojos y vio salir de la noche una ola gigante, terrible,  que parecía venir arrastrando su caudal desde el otro lado del continente. Era imponente, monstruosa y sublime a la vez por su fuerza, su majestuosidad, su  tesón y su prisa. Abrió y cerró los ojos repetidamente como si hubiese entrado en un trance chamánico o quizás intentando arrancar de su mente estas imágenes pero para ese momento ya era imposible. Se presentaban una tras otra incoherentes y sin descanso. Allí estaba su casita de dos pisos arrastrada por la gran ola; vio volar sus sofás, su cama, su cocina, las ollas de fideos, la cafetera italiana, las tazas, las copas del amor. Abría y cerraba los ojos intentando pasar rápido las figuritas pero no pudo dejar de ver a un hombre arrastrado por la ola, luchando para tratar de salir  hasta ser tragado por ella.

Continuó viendo la película delante de sus ojos. Se vio pálida y triste construyendo una casa de ladrillos blancos. No sabe porque pero estaba sola. Con un turbante blanco en la cabeza y unas vendas blancas en las rodillas y en los codos, levantaba ladrillo sobre ladrillo.

Miró las paredes que la rodeaban y descubrió que seguía en el mismo lugar. Se tocó las rodillas y le dolieron, se miró los codos y constató que seguían cubiertos.

Volteó nuevamente la foto y volvió a ver el rostro sonriente de la chica de falda turquesa.

Entonces mientras estiraba sus brazos y las vendas se desplegaban enormes, inmensas y antojadizas por la habitación; recordó su nombre.

María.

En un instante

octubre 1st, 2010

El mismo viento que con su silbido

la invitó a pasar

la fue arrojando contra los rincones

hasta que no quedara

otro espacio

sólo la luz de la rendija de salida.

agosto 9th, 2010

Esferokinesis y yoga contra el estrés

agosto 5th, 2010

nuevos talleres
Esferokinesis y yoga
Espacio de conexión con el cuerpo y la respiración a través de la relajación activa sobre los balones y mediante
posturas básicas del yoga.
Mediante el apoyo sobre los balones lograremos momentos de relajación profunda para nuestro organismo, permitiendo que la respiración masajee nuestros órganos internos, devolviéndoles espacio y movimiento; y recuperando así la armonía y equilibrio interior.
Los balones tonifican el cuerpo desde la exploración y el juego proporcionando confianza en nuestras posibilidades físicas y desarrollando en nosotros una percepción más amplia de nuestro cuerpo en el espacio.
También son un buen apoyo para llegar a posturas/asanas del yoga con mayor facilidad.
Al través del taller los participantes conocerán y manejarán ejercicios y posturas simples y eficaces para recuperar el alineamiento del cuerpo, soltar las tensiones, estirar y tonificar el cuerpo, aliviar los dolores de espalda y conciliar el sueño con mayor facilidad.

venus

mayo 16th, 2010

VENUS  

 

Cuando decidí empezar a trabajar con madres gestantes,  no tenía la conciencia de todo lo que esta experiencia podría regalarme. No fue un acto impulsivo, respondió a muchas reflexiones acerca de cómo podía integrar mis conocimientos de movimiento en una labor que me hiciera sentir cómoda y en dónde pudiese jugar con mis habilidades: la escucha, la contención, la conexión con las sensaciones y poder mediante la atención al cuerpo recuperar la gracia que la vida y obligaciones urbanas y cotidianas nos quita día a día.

Hace poco experimenté nuevamente la reconfortante sensación de ver a una madre lista para recibir a su hijo, para dejarlo salir de su cuerpo con confianza y temple.

Es un momento muy bonito, sabes que va a llegar pero igualmente te sorprende cuando sucede.

Durante 3 meses pude ver a Cecilia viajar a través de su cuerpo, reconocerlo poco a poco, desde sus huesos, músculos, órganos, acompañar y acariciar a su bebe en su crecimiento.

Hace unos días  la contemplaba mientras ella evocaba  cómo llegó  pensando que el nacimiento de su hijo sería por cesárea  y cómo  tomó la decisión personal de lanzarse a la aventura de un parto natural, desde el deseo y no desde el temor; con la ayuda y complicidad de su esposo y médico.

Mientras la escuchaba hablar la vi grande, madura, sensible y poderosa, como una diosa.

Hoy en día en que la mujer ha ganado tantos espacios en la sociedad, me pregunto a veces cuál es el lugar de la femineidad, en qué tiempos se da esa conexión estrictamente femenina que tiene que ver con la escucha leal al propio cuerpo-ser, a sus cambios, a toda esa memoria y sabiduría anterior que está contenida en él.

Cómo aceptar la voluptuosidad, la grandeza al interior del cuerpo en una sociedad que tiende a idealizar la imagen de la mujer como una figura  “perfecta”, esto es, cuasi inmóvil a través del tiempo: siempre delgada, siempre joven, siempre sexy, lista para mostrarse en una vitrina.

O cómo integrar la necesidad de ser una mujer empresaria, exitosa,  eficiente y combativa en medio de un proceso de transformación y de conexión profunda con el amor, las sensaciones, la fragilidad y el cambio.

Constato en mi acompañamiento a las madres gestantes que la maternidad las enfrenta a un encuentro crucial consigo mismas: una revisión de su lugar como mujer en su propia estructura familiar, social e imaginaria.

 

Cada mujer con su propia historia atraviesa ese proceso  y esta dificultad de reconocerse en este estado de transformación auténtico y poderoso de su naturaleza, que choca con estructuras sociales poco flexibles y poco femeninas.

Y es que  la condición de dar vida sobre-pasa cualquier visión fragmentada de la mujer como elemento estético-estático. También resulta limitada la voluntad de querer igualar al hombre en los espacios sociales, políticos, económicos o laborales.

Igualar sería de alguna manera renunciar a su propia belleza, a su alma tejedora y contenedora, a su capacidad de dar vida, de crear, de fluir, de intuir.

Como las piedras que se van redondeando día  a día en contacto con las olas, las madres en contacto con su  cuerpo van permitiendo el movimiento al interior de ellas, dando lugar a los cambios. De la misma manera intuyo la posibilidad de devolverle femineidad a nuestras estructuras sociales que en ocasiones aprietan e impiden un desarrollo pleno de la mujer .

 

Volver a admirar la voluptuosidad, la fertilidad, la condición mágica de dar vida, la capacidad inherente de amar es fundamental para poder integrarnos en una sociedad  cuyos valores tienden a alejar a las personas de su propia esencia como individuos.

 

Al trabajar con madres gestantes tengo la suerte de restaurar día a día la imagen de la mujer en mí misma abandonando progresivamente a la mujer fraccionada que me habita y dando paso a la mujer maga inmensa, creativa, tejedora y amorosa.