VacúnateYa!

De falda turquesa

Publicado: 2010-10-08

 

La miraba de lejos y no la distinguía.

 La veía fresca enjuagando sus pies en la orilla con su falda turquesa remangada. Era flaquita y ligera, la falda revoloteaba con el viento. No se le veía preocupada. No escondía nada, tampoco traía nada con ella.

Recibía la ola en sus pies. Presionaba la arena con fuerza y saltaba, giraba mirando el cielo y luego corría persiguiendo el agua que se volvía hacia atrás. Con los dedos de los pies alargados en punta pateaba con ímpetu el charco y gozaba viéndolo dispararse en diferentes direcciones, hacia dónde ella a su vez se lanzaba para recibir las gotas en sus largos brazos.

Luego se dejaba caer en la arena seca, se acurrucaba y permitía que el sol le calentara los huesos. Toda su piel lisa respiraba.

No sabía de dónde venía, tampoco a dónde iba.

Sólo se dejaba estar, en la arena, en el mar.

Por más que la examinaba con detenimiento no la reconocía. Le era familiar, claro, pero no sabía si era su hermana, su hija, una prima o una amiga.

Desde que había perdido la memoria se pasaba horas tratando de identificar a los seres de su entorno. Ya había logrado recordar a dos de sus hermanos, no con el mismo afecto de antes, claro, eso el Dr. ya se lo había explicado: era imposible.

Ligera, la chica parecía tener los  huesos bordados por un tejido fino, suave y elástico. Su  columna era dócil, y su mirada despierta, nostálgica y traviesa. Le resultaba atractiva, tal vez por eso toda la última semana se la había pasado observándola.

Parecía un cascabel cuando de pronto, sin previo aviso, se paraba, se quitaba la falda turquesa y corría hacia el mar. Entonces caminaba entre las olas, se zambullía, corría y se zambullía nuevamente y así pasaba un buen rato adivinando el nombre de cada ola que llegaba: locura y probaba una nueva forma de propulsión que la arrojaba por los aires; belleza y reía reverberando con  sus ondas, sonrisas y  aparecía arrastrándose desde debajo del agua con el rostro lleno de espuma; amada y con los ojos cerrados caía desvergonzada.

La ola la envolvía, la hacía rodar por la orilla, luego parecía retirarse como para darle un poco de aliento; pero inmediatamente volvía y de un solo lamido la ceñía nuevamente, la prensaba contra la arena y en espiral era despedida entre los vientos para caer finalmente sentada en el filo de la cresta.  Junto a ella estallaban centenares de piedritas turquesas de todos los tamaños,  estrellas, lunas y  planetas de otras galaxias. Como gotas punzantes, en su descenso algunas golpeteaban su cabeza. Ella las recibía apretando los dientes mientras volvía a mirar con malicia toda esta lluvia celestial, hasta que la piñata marina finalmente se apagaba.

No se le veía asustada, sólo despierta y atenta con los músculos turgentes y brillantes;  más delgada y liviana que nunca.

Acercó la foto a sus ojos pero seguía sin distinguir nada de nada. Entonces se puso los anteojos, despegó la imagen del álbum y leyó que atrás decía: maría, 1990. Se quedó un momento quieta, tratando de entender mientras sus pupilas vidriosas se movían en todas las direcciones como si hubiese perdido el timón de ellas.

 

Entonces sucedió. Cerró los ojos y vio salir de la noche una ola gigante, terrible,  que parecía venir arrastrando su caudal desde el otro lado del continente. Era imponente, monstruosa y sublime a la vez por su fuerza, su majestuosidad, su  tesón y su prisa. Abrió y cerró los ojos repetidamente como si hubiese entrado en un trance chamánico o quizás intentando arrancar de su mente estas imágenes pero para ese momento ya era imposible. Se presentaban una tras otra incoherentes y sin descanso. Allí estaba su casita de dos pisos arrastrada por la gran ola; vio volar sus sofás, su cama, su cocina, las ollas de fideos, la cafetera italiana, las tazas, las copas del amor. Abría y cerraba los ojos intentando pasar rápido las figuritas pero no pudo dejar de ver a un hombre arrastrado por la ola, luchando para tratar de salir  hasta ser tragado por ella.

Continuó viendo la película delante de sus ojos. Se vio pálida y triste construyendo una casa de ladrillos blancos. No sabe porque pero estaba sola. Con un turbante blanco en la cabeza y unas vendas blancas en las rodillas y en los codos, levantaba ladrillo sobre ladrillo.

Miró las paredes que la rodeaban y descubrió que seguía en el mismo lugar. Se tocó las rodillas y le dolieron, se miró los codos y constató que seguían cubiertos.

Volteó nuevamente la foto y volvió a ver el rostro sonriente de la chica de falda turquesa.

Entonces mientras estiraba sus brazos y las vendas se desplegaban enormes, inmensas y antojadizas por la habitación; recordó su nombre.

María.


Escrito por

Karine Aguirre- Morales

Bailarina, coreógrafa y educadora somática Bachiller en Psicología (PUCP), Licenciada en Danza (PUCP) Coordinadora Esferokinesis PERÚ


Publicado en